Supe por ProPacífico y Compromiso Valle que un joven líder social de Cali había escrito un libro de memorias sobre su vida en las comunas. Escribir un libro ya es una tarea difícil; hacerlo de carácter autobiográfico, que se sostenga sin caer en lugares comunes y que, al mismo tiempo, sea incómodo y valiente, lo es mucho más. Es un sueño que muchos tienen y que ni siquiera quienes se han entrenado para ello logran concretar, pues exige, sobre todo, descomunales dosis de disciplina personal. Por eso, con sorpresa e incredulidad, pedí leer el manuscrito.
Mientras me adentraba en estas páginas, el impacto fue profundo: el relato de Andrés posee un orden mental y una claridad estructural sorprendentes. Es un narrador nato. Me llevó de viaje por el espectro de las más duras, dolorosas e inspiradoras emociones y reflexiones. Por momentos tuve que parar, respirar y dejar caer las lágrimas.
Creo que todo caleño debería leer el relato de Andrés. Creo que todo colombiano debería leerlo. Su humanidad le da un alcance universal: este es el retrato descarnado de la violencia y la pobreza que viven millones de jóvenes en nuestro país... y en el mundo.
Me mostró, como una verdad de a puño, que en este país a los niños y jóvenes de sectores marginales sí los quieren. Los quiere el político de turno que busca votos. Los quieren el jíbaro y el gran narcotraficante, que necesitan una red de distribución para su veneno. Los quieren las bandas delincuenciales y las oficinas de cobro para sus operaciones criminales. Los quieren las guerrillas y disidencias para nutrir sus filas asesinas. Los quieren quienes repiten hasta el infinito narrativas de justicia social que solo instrumentalizan a los más vulnerables para un negocio perverso. Los quieren las iglesias y pastores como mano de obra voluntaria que reclute nuevos diezmos. Los quieren las fuerzas policiales y militares para mostrar resultados de capturas y bajas. Los gobiernos los quieren desempoderados, bajo el incentivo perverso de subsidios que mantienen su dependencia, sin transformar jamás las estructuras que generan tanta injusticia. Los quieren, sí, pero los quieren pobres, desescolarizados, con las manos vacías, al filo del abismo; los quieren adictos, ideologizados, radicales, instrumentalizados o muertos. Los quieren. Sí, los quieren.
El mundo educativo y el laboral están a años luz del vórtice de exclusión en el que viven estos jóvenes. Estudiar y ganarse la vida dignamente por el propio esfuerzo —es decir, la libertad de saber y tener; el derecho a transformar la historia de su familia y su futuro— no son luces que se cuelen entre la penumbra de sus nubarrones perpetuos. A los once años ya es posible estar excluido para siempre del mercado laboral, porque la vida en el barrio es dura y sobrevivir implica, muchas veces, renunciar a un récord judicial limpio. Nacer en el barrio es, para muchos, una condena.
De ahí la importancia radical de esta historia de vida: tan cruda y real, tan vital y hermosa a la vez. Porque nos abre una ventana a una realidad que jamás miramos. ¿Quién habla al oído de estos jóvenes? ¿Qué podemos hacer como sociedad para cambiar paradigmas? ¿Basta con pagar impuestos y crear fundaciones mientras delegamos en los gobiernos de turno nuestros deberes humanos?
Compromiso Valle está demostrando que todo comienza con la actitud de escucha. Ahora, a escuchar lo que Andrés tiene para contarnos, como sobreviviente de excepción. Para él, mi respeto y admiración; y, en su nombre, un reconocimiento a todos los barrios caleños donde, a esta hora, un niño, una niña, unos adolescentes luchan por llegar a clase mientras su mundo alrededor se desmorona.