Tras cuatro años de gestión liderados por el Pacto Histórico en cabeza del presidente Gustavo Petro, es necesario mirar en retrospectiva con el ánimo de precisar las oportunidades de mejora en relación a las decisiones tomadas por el progresismo.
En primera medida, se vale rescatar que las brechas económicas y sociales arrastradas durante décadas —por no decir que durante toda la historia de nuestra república—, no esperaban ser reducidas en cuatro años de gobierno. Sumado a ello, las trabas interpuestas por ciertos sectores que defienden el interés particular y no el colectivo, imposibilitaron las condiciones habilitantes suficientes para que las reformas sociales estructurales llegaran a buen puerto.
Aún así, no puede endilgar el presidente Gustavo Petro, ni los militantes del Pacto Histórico —y otros sectores progresistas—, la responsabilidad de la crisis electoral actual únicamente a la oposición. Es necesaria una introspección que permita denotar que la única responsabilidad de la mencionada crisis, debe atribuirse al mismo progresismo. Pues no se pueden proponer cambios sociales estructurales mientras se siga acudiendo a lo mismo: clientelismo, populismo, corrupción, instrumentalización comunitaria y, peor aún, a discursos imperantes de odio y de división que agudizan heridas históricas y que podrían llevar la sociedad colombiana a un espiral de violencia sin retorno.
Recientemente, recibí el mensaje por parte del equipo de un parlamentario —a quien por primera vez en la historia de mi liderazgo, apoyé abiertamente en las elecciones de 2022—, para invitarme a un encuentro con intenciones electorales para la segunda vuelta. La invitación me sorprendió por que tiempo atrás, después de haberlo apoyado, decidí buscarlo con la intención de pedir ayuda frente a una crisis de recrudecimiento de la violencia en mi territorio, pues en una semana habían sido asesinados más de siete (7) jóvenes, por otro lado, también intentaba visibilizar la sequía infernal que vivíamos cientos de familias de la ladera de Cali por la escasez de agua potable. No lo busqué para pedir contratos o recursos económicos, no se trataba de un favor personal, sino de una solicitud de incidencia colectiva para una de las tantas comunidades que lo ayudó a llegar a la cámara de representantes. No obstante, la respuesta del equipo del congresista fue: “no es nuestra competencia” y posteriormente se regaron con una narrativa “pedagógica chimba” con la que intentaban hacerme entender —según ellos— el funcionamiento del Estado, haciendo alarde por supuesto, de que su labor honorable y bien intencionada, simplemente no les daba para atender las solicitudes maratónicas de los liderazgos.
¿Ni siquiera de quienes contribuyeron con sus fines políticos?
Por lo anterior, me sorprendió que tuvieran el cinismo de volver a buscarme, pero aproveché la oportunidad de sacarme la espinita generada por su instrumentalización política.
—¿Esta vez también se olvidarán de los territorios durante los cuatro años de gobierno? —¡Pregunté! Y aproveché para recordarles lo irresponsables e inhumanos que habían sido. Sin embargo, frente a mi sarcástica intervención, la estrategia de mi interlocutora fue la de escudriñar entre sus vagos recuerdos, para luego intentar confirmar si había sido yo la persona que tiempo atrás la había “maltratado”. La afirmación anterior no fue más que la confirmación de lo que sucede cuando se alardea de ser distintos pero se siguen haciendo las cosas igual y, peor aún, de lo mucho que perdemos los procesos comunitarios cuando damos cabida a caudillos con capacidad técnica pero deshumanizados.
La pregunta clave entonces, partiendo de la infidencia anterior y frente al contexto electoral actual es, ¿con qué cara nos acercamos los liderazgos sociales a la comunidad para decirles que, quizás, este no era el cambio que esperábamos, pero que aún así debemos darles otra oportunidad y apoyarlos para ganar en segunda vuelta? ¿Con qué cara nos movilizamos en los territorios sabiendo que el progresismo actual no está dispuesto a reconocer que se “engolosinaron” con el privilegio durante cuatro años y no miraron a quienes durante décadas han luchado incansablemente por una verdadera justicia social? ¿Qué padre o madre de familia se pregunta si el pan que pone sobre la mesa de sus hijos proviene de un productor con ideologías de derecha o izquierda? Todos sabemos que lo único que le importa a ese padre o madre de familia es saber que su hijo tiene algo para comer. ¿Quién ha dicho que la dignidad humana radica en defender sectarismos políticos? La dignidad de todo ser humano radica en que los suyos —y los otros— cuenten con garantías mínimas vitales. Esa es la verdadera dignidad.
Como diría el mismo presidente Gustavo Petro: “los noto asustados”, y es que no es para menos, pues un candidato que hasta hace unos meses no gozaba favoritismo nacional, resultó ser el ganador de la primera contienda. Una muestra de como una campaña estructurada con rigor, capaz de posicionar una marca que despierta suficiente simbolismo y sentido patriótico, pudo lograr la preferencia hacia un candidato que promete sacar las entrañas (destripar) a sus contendores, —refiriéndose así sobre quienes pensamos distinto—. Honestamente, una campaña exitosa si la contraponemos con otra netamente irrisoria, cuya mayor estrategia fue la de apropiarse de fragmentos de canciones de un destacado músico colombiano que se apellidaba igual que su candidato y a quien por cierto, terminaron fastidiando.
Dicho esto, solo me resta precisar que, paradójicamente, a pesar del enorme talento y desbordantes figuras de liderazgo con las que cuenta esta hermosa y próspera nación, la ciudadanía tendrá que definir su voto —nuevamente— por el menos peor. Basados en la premisa de que, en política no suele ganar la mejor opción, gana la mejor campaña.
Mi invitación final a los candidatos Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella, es a dejar de lado las rencillas históricas que agudizan las heridas sin cicatriz que por años nos han llevado a enamorarnos de las problemáticas en lugar de las soluciones, a debatir con altura y dar ejemplo a una ciudadanía que necesita aprender a contender con respeto y argumentos solidos. A todos en general, los invito a reconocer los resultados del 21 de junio, más allá de si estamos satisfechos o no, pues finalmente, el hecho de tener la posibilidad de elegir nuestros mandatarios en democracia, ya nos da como ganadores a todos.
Sobre el columnista
Andrés Felipe González es escritor, gestor cultural y líder social de Cali. Licenciado en Comunicación Social y Mercadeo con un enfoque en la comunicación para el desarrollo y la transformación social. Desde 2010 ha impulsado iniciativas orientadas al empoderamiento y la resignificación de comunidades y territorios históricamente excluidos. Su trayectoria se distingue por la capacidad de inspirar y movilizar a actores del sector público, privado y de la sociedad civil, con el propósito de generar transformaciones reales y sostenibles en el tiempo.
Autor del libro Prisioneros de Esperanza y la teoría EFREV - Espiral de factores de riesgo en entornos de vulnerabilidad económica y social.